Ayer me mudé
a tú mente.
Está(s) realmente transitada.
He visto que muchos
–la mayoría–
solo tienen
visado de una noche.
Casi me cargo al sueco del segundo
por no mirar por dónde voy.
Es que ahora voy por la calle
con los ojos cerrados
porque, he aprendido,
que cada vez que los cierro
te veo.
Y no veas las ganas que tengo de verte.
Mi vecina es tu yo de fiesta.
Esta noche voy a decirle
que baje el volumen
de la música
y de los orgasmos.
Que está empezando a deprimirme
con su eterna –y ciega–
alegría ebria.
Esa,
que dura siempre
que tengas una botella
–o unos labios–
en la mano.
Voy a decirle
que puede metérsela
por el coño.
Que estoy hasta el moño
del inalcanzable olor a gloria
que trepa por el rellano,
buscando enredarse en mi pelo
para burlarse decirme
todo lo que me pierdo
por esperarte.
Solo llevo un día y estoy bastante harta.
Creo,
que saldré a cargarme el sueco,
lo tiraré al suelo
y le pediré perdón lamiéndole los labios.
Lo dejaré en el felpudo de la vecina de enfrente
para que aprenda que hay cosas mejores
que la comida rápida.
A veces
los platos extranjeros
no están del todo mal.
Aún no he conseguido mi visado permanente.
Por eso,
voy a ir cada día
con el visado de una noche.
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